Cuando
me conoció, yo estaba distraído. Entonces no podré nunca decir, a ciencia
cierta, que es lo que estaba haciendo. Pero seguro me vio, y tengo la
perseverante esperanza de que algo en mi le llamó la atención. Era, como ella
bien lo dice, un joven imberbe, apasionado y profundamente carnal.
La
intensidad superflua de mi encendido y sincero encandilamiento no me
permitieron descubrir en seguida la profundidad de su ser. Ambos andábamos
lejanos y siempre tan cercanos, ella con él, y yo con ella… otra ella. Y, sin
embargo, una tarde de otoño, a las siete y media se me acercó, y me ofreció su
risa y su mirada a cambio de una
canción. Pero en ese entonces yo no escribía canciones.
Me
presentó su sencilla y gozosa personalidad. No se lo había pedido, pero de
haberlo sabido hubiera clamado como niño encaprichado, en la más conspicua de
mis soledades. Me presentó, no una, sino dos veces. Verde siempre, su belleza
excepcional.
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