Suelo caminar por las tardes, cuando el viento abraza tersamente los fresnos, exaltando el dorado de su verdor, capaz de hacer primavera cuando aún no corresponde. En esos momentos es cuando me cuesta distinguir el miércoles del sábado, o los lunes por la tarde. Después de todo, siempre supe que el sol alumbra distinto cada jueves, así como cada día.
Entonces pretendo hacer brío de mi desvergonzada elegancia y sentida buena pinta. Nunca podré decir, objetivamente, si soy verdaderamente apuesto. Pero basta ese sol de las tardes y los viejos adoquines, para que a mi andar lo sienta verdaderamente lucido. Hago, entonces, mi mayor esfuerzo por si acaso pasaras a observar mi pretendida y solemne espontaneidad. Aunque en el fondo, sé que mi romántica soledad no la percibirá sino la mirada cotidiana de quien, como yo, baja la subida de aquella adoquinada y vetusta calle.
Por alguna extraña y perversa razón, esas tarde de coquetería malgastada y egoísta, las acompaña la necesidad acuciante de la melancolía. Angustia y nostalgia de saberme omnipresente en tu pensamiento y, mejor, en tu incólume deseo. La más egocéntrica de las ilusiones de serte aquel paseante inigualable. El mejor de tus partidos. Y lo soy, no me cabe la duda que lo soy. El resto de la gente que se olvide de mi tan trillada cursilería. ¡No valdrá la pena nunca ahondar!
Impetuosa la mía gallardía, se desvanece virgen ante la mirada crítica de mi propio romanticismo. Después de todo Baudelaire fue el más apasionado de los amantes… sí lo fue, siempre a través de su pluma. Así también, te soy compañero y muso eterno en mi desolada procesión. Tratando de convencerte(me) que lo que hay entre tú y yo es flagrante delirio, eterna pasión enamorada, y poema de fulgor encaprichado.
Después de todo, cada uno se narra siempre su propia historia de amor. Plumas y pasos, acordes y remansos, alboradas con bohemios pianos.