Monsieur Fustel

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la table

viernes, 16 de agosto de 2013

Chuquiago

Soy de la ciudad en los cerros, donde brillan de colores las cumbres y la infamia de las borracheras se confunde con la nostalgia añeja del paisaje, entre los más sombríos huertos

De donde las vetustas calles son escenario de las risas más banales, las pasiones más revolucionarias. La soledad y el hastío de ladrillos, calaminas y adoquines negros

Donde la terquedad de las leyendas, narraciones antiguas, supo imponerse al  estupor de los tiempos, y las cholas acompañan, con pasado  nuevos vientos

Acá se quedaron, entre oscuros recovecos, pasajes y relatos que se burlan del tiempo, entre trajes y costumbres que aquejan a los más modernos, y los viejos todavía observan con gallardía y misterio

Las putas coquetas de la terminal, ofreciendo regazo a los solitarios, los hedonistas y alguno que otro iniciado. Esperando al bien pagante con aire veraniego, al calor del altiplánico invierno

Donde, finalmente, los amores no son hermosos, pero son sinceros, las pasiones son intensas y los poetas cada vez más viejos, desde ventanas corredizas gritan direcciones y deseos

Pasquines revolucionarios que recuerdan aquel siglo viejo, en que obreros y estudiantes se hacían acribillar en los cerros, siempre tan desprendidos, siempre tan verdaderos

El futuro no existe en este presente tan anticuado, no le gana la batalla a las tradiciones lóbregas, la pretensión vanguardista y enajenada de los pseudo-artistas postrimeros

El desasosiego romántico, entre adornos, reliquias y cargados ambientes, sigue siendo más subversivo y rebelde que el minimalismo de los intrusos posmodernos. Las arrugas morenas aun pueden más que la tersura incolora de pellejos forasteros

De allí vengo, y entre sus misteriosas calles le voy, pero bien sé que entre tanto secreto, no llegó. Aunque ese no haya sido nunca, mi total anhelo. Siempre le voy y le vengo, hasta que por las noches me dejo


Paso a formar semi-erguido en las filas de sus artilleros, y consumo los sabios elixires de un inframundo carnavalesco, que ofrece más alegría que toda pretensión de progreso

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