Siempre
me consideré un autentico revolucionario.
Entonces
me pediste que te besara, a ti y a esos grandiosos labios rojos. Y, comprendí
que mi cuerpo había sido, siempre, un sistema de jerarquías, censuras y
relaciones impuestas de poder; de discursos que cerraban herméticamente toda
capacidad de comprender aquello que está más allá de lo imaginado.
Comenzó
la primavera en mi entrepierna. Pero, de hecho, había más profundidad y sentido
en aquella subversión. Se formaba un batallón desordenado entre mis poros, y en
lo más profundo de mi estomago se gestaba el primer atentado contra toda idea
perentoria de lo que se supone es el amor. Y quebraste las fronteras de lo que
mi vulgar experiencia me había impuesto. Sabían mis manos que no te tocaban,
únicamente, para sentir la suavidad de tus caderas, pero para grabar por
siempre la intensidad original de un momento.
No,
no actúe de manera señorial. Me entregue a los apetitos, las pasiones e ideales
juveniles y subversivas del tacto. Y fue él, el que comandó el asalto más
intenso y consentido a mi inocente intimidad. Después de todo hacíamos una
alianza intersentimental, en la que la práctica le enseñaba a nuestras
discutidas teorías, que no existe mejor sabor que por probada no venga.
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